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CANTANDO CUENTOS
Pasa, pasa –me invitó el joven- cuando me vio asomar por la ventana Cuando bajé y mis ojos se acostumbraron a la poca luz que llenaba el sótano, pude ver a cuatro muchachos con guitarras, tumba y batería ensayando –me dijeron después- para una fiesta en la que iban a tocar. Se presentaron: Inguels, Jean Marie, Gastón y Pascal. Inguels, fue el que me invitó a pasar y fue el primero en darme la mano al estilo de los negros neoyorkinos, siempre con una sonrisa amistosa. -¿Cómo te llamas?, ¡Raúl! –respondí- ¿de donde eres? –volvió a preguntar- de Perú, -le dije-. Ohhhh!!, ¿sabes tocar la guitarra? – preguntó esta ves Gastón - ¡Sí le dije!, ¡magnifico!, exclamo Inguels. Unos meses antes de salir de Madrid con rumbo a Bélgica, por cuestiones de estética personal, me había hecho la permanente (rizarme el cabello) y, por esos días, cuando conocí a los integrantes de “Musikó” –así se llamaba el grupo musical de mis nuevos amigos- tenía un “afro” del tamaño de una pelota de baloncesto, ¡estaba tan orgulloso de él, que andaba como un pavo real!. Ese fue el motivo por el que mis nuevos amigos me “adoptaron” nada más verme. Porque mi imagen, era la un negro mestizo como ellos, como Inguels y Pascal, que eran del Camerún, mientras que; Jean Marie y Gastón eran del Zaire y eran completamente “azules”. Llegué a esa comuna por intermedio de Augusto Murillo, (un amigo colombiano, -¡padre de los latinoamericanos en Bruselas!-, así me lo presentaron y creo que se quedaron cortos, era un hombre excepcional), quién conocía a Javi -digamos que el encargado del edificio-, un joven vasco amigo suyo, que sin ningún problema me ofreció una “chambre” (habitación) por mil francos belgas al mes. El edifico tenía 5 pisos y el sótano, en cada piso habían dos habitaciones grandes y dos baños y en la planta baja estaba el salón y la cocina. Tanto la planta baja como el sótano estaban completamente abandonados, nadie hacia limpieza alguna, pero, eso sí, a partir del primer piso era “otra casa”, cada uno de los “comuneros” habían adaptado sus habitaciones de la mejor manera y vivían de lujo. La habitación que ocupe fue la que nadie quería por estar en la entreplanta, prácticamente encima del salón, en el descansillo que daba acceso las escaleras de todo el edificio como a las que daban a la calle. Era molesto escuchar el trajinar constante por las escaleras de mis hermanos comuneros, del sonido de la puerta principal al abrirse o cerrarse a cualquier hora del día y de la noche. Lo bueno, era que tenía delante de mi chambre un baño grande con bañera incluido, la habitación era mediana, con una gran chimenea y un fogón de hierro antiguo, casi en el centro de la habitación, las paredes recordaban que alguna vez estuvieron pintadas de blanco y el suelo estaba cubierto de una moqueta gris, gastada. Inguels, estudiaba Ciencias Físicas en la Universidad de Lovaina la Nueva, por entonces yo tenia 24 años y el debería tener 23 o los mismos años que yo, era de complexión atlética, debería medir entre 1.80 o 1.85 cms,. Siempre estaba de buen humor y con la sonrisa en los labios, aunque nunca me lo dijo y, si me lo dijo no lo recuerdo, su familia pertenecía al cuerpo diplomático camerunés en Bélgica. Lo intuí, porque una vez, estando de bohemia, llegamos a “Les Angels Noires” (los Ángeles Negros), un disco Pub de moda para el mundo africano afincado en Bruselas, donde “¡no dejaban entrar a blancos!” y, donde el ingreso era para personas exclusivas. Estoy seguro que jamás hubiera entrado si me lo hubiera propuesto de forma individual, me abrían parado en la puerta y me hubieran dicho que el acceso era solo para socios. Habían dos gorilas en la puerta con cara de malos cuando Inguels y yo llegamos, le saludaron con reverencia y me sonrieron como si yo también fuese de la pituqueria camerunesa. El lugar era de lujo. Se dirigió con paso seguro por los pasillos a un lugar como si lo estuvieran esperando; llegamos a un espacio donde estaban un señor con traje y corbata –su tío- 3 jóvenes de 20 a 25 años –dos amigos y un primo-, vestidos con ropas de marca y cinco hermosas mujeres jóvenes de entre 17 y 20 años. Todos se alegraron al verlo, le dieron los tres besos de rigor y me saludaron con el mismo afecto que a mi amigo, ¡me quede “lelo”! (como diría mi hermano Carlos), la mesa estaba bien servida, botellas de wisky y champan. Ahí creo que Inguels me dijo que su tío era del cuerpo diplomático. El señor, muy amable, después de hablar con mi amigo, se dirigió a mi como su fuera de su familia. Las personas rescatadas, a quienes el estado Belga les reconocía el Status de Refugiado Político tenían derecho a una vivienda, una asignación económica mensual para su manutención, ropa y mobiliario –a través de otra organización- y asistencia psico-social que se la daban a través del SEUL. Mi trabajo en cuestión se resumía a visitar en sus casas a las personas que habían llegado y, a quienes mis compañeros les habían conseguido un apartamento donde vivir. Estas personas, venían encogidas, asustadas, temerosas, desconfiadas de todo y de todos, se dejaban llevar por sus liberadores como si fueran sus torturadores, caminaban como autómatas, no hablaban, no veían, -solo obedecían-. Después de miles de kilómetros de viaje he incertidumbre, se encontraban en una casa grande, solos y sin saber lo que les ocurriría en las horas siguientes. No les importaba si era de día o de noche, solo sabían que en cualquier momento vendría el torturador de turno a sacarles el “ancho y el largo”. O, como diría mi amigo “comba” –amigo de mi infancia, que por el mero hecho de ser Ayacuchano- fue torturado en una de las comisarías de Alán García, “¡los policías, bailaban Huayno en mi espalda!”). Después de dos o tres días de visitas intempestivas, lograba que me abrieran la puerta, no me miraban, solo abrían, -los días anteriores, a través de la puerta-, les había dicho mi nombre, quien era, porque estaba allí y que quería- (o sea que reconocían mi voz), y se dirigían a su habitación. Ellos siempre con miedo, yo, lograba acercar distancias hasta que nos sentábamos frente a frente, ya sea en la cocina, el salón o su dormitorio y mientras tomábamos un te o un refresco empezábamos –normalmente- un monólogo que duraba hasta siete días, dos de ellos con sus días y sus noches. Creo que nunca aprendí de la vida tanto, como esos meses, con mis amigos chilenos, argentinos o bolivianos. Sus relatos eran propios del “informe Sabato” del que solo tuve la valentía de leer las veinte primeras páginas. Al tío de Inguels, Jean Benoit, le conté que cantaba en la calle para mantener mi supervivencia, que el trabajo en el Seul era “ad honorem”, que venía de España, que estudiaba en la Universidad Complutense de Madrid Economía General –esa fue mi presentación-, por su puesto que le hablé de mi trabajo social en el SEUL y de mi pertenencia al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional de el Salvador. El tío de Inguels, sonrío complacido por la presentación del amigo peruano, me ofreció un trago a lo que acepte gustoso y con mi particular alegría animé la reunión sacando a bailar a la negra mas linda del grupo. Esa actitud les demostró que por mis venas también corría sangre de los hijos de Changó y Yemayá. Gastón, del Zaire, estudiaba para profesor de Educación Física, no era muy alto, quizás 1.75, cuidaba su cuerpo a lo “charles Atlas” y presumía de ello, Jean Marie, estudiaba Literatura, era de carácter introvertido, no me empelotaba mucho y Pascal Sociología, le gustaba el trago, filosofar y muchas veces me acompañaba a las fiestas que hacíamos en el Seul . Aparte de mi camarada Inguels, Gastón fue el que me demostró la misma cordialidad, esto también fue producto porque después de mi habitación, la siguiente (subiendo las escaleras) estaba la de él. Eso hizo que fuéramos muy amigos ya que Inguels no vivía en la comuna, de ves en cuando me invitaba a su apartamento a conversar, me contaba cosas de su familia, su país, estudios o sus mujeres. Una ves me habló de las “experiencias”, este, era el trabajo mas lamentable que he desempeñado en mi vida y, lo pero de todo, ¡sin necesitarlo!. Consistía en “probar”, las medicinas antes de su uso “masivo” o en humanos, y los inmigrantes y algunos “desheredados belgas” éramos los llamados a cubrir todas las plazas en los “experimentos”, en su favor podría decir que pagaban bien. Si el salario mensual de un trabajador era de 20 mil francos belgas, trabajando en las “experiencias”, los podía ganar en 7 días. Esto le permitía a Gastón mantener sus estudios, ya que según él lo hacia cada mes o dos meses. Lo que más me sorprendió de este buen amigo del Zaire fue la cantidad de amigas que venían a visitarlo. En la acera, frente a la puerta del edificio había días que aparcaban hasta mas de doce coches, todos de féminas blancas y de todas las edades, ¡todas de buen ver y de mucho dinero, -lo decían los coches, y algunos con chofer incluido!, subían y bajaban cada cierto tiempo que me llamaba la atención, ¡todo el día!, lo único que le faltaba a mi amigo era “cantar” como el gallo después de cada polvorete. ¡Era un Gigoló, un mandingo que cobraba por satisfacer los apetitos sexuales de las desdichadas! . |
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Juan Tupak Yupanqui Para Negrorock jrtinoco@gmail.com Madrid, 08-09-09 |
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